Personal

Salvados por la música

 

«Hay melodías que no solo llenan el aire: abren ventanas donde parecía haber muros y salvan lo que otros intentan apagar.»

Estos días tengo entre las manos el libro de Beatriz Barceló, «Salvados por la música» Llegué a él casi por una corazonada familiar: su protagonista lleva el nombre de mi padre, Antonio Barceló. La historia aborda los ecos de la guerra civil, pero lo hace desde una perspectiva distinta, humana y sensible, donde la música deja de ser un adorno para convertirse en refugio, tabla de salvación y memoria viva de la dignidad.

Cerrando sus páginas me descubrí pensando en el papel que la música ha tenido en mi propia trayectoria. Si soy honesta, en mi vida personal la música ocupaba un lugar discreto: escuchaba lo que me gustaba, ponía algo de fondo y poco más. Y en mi vida profesional, la música casi se reducía a lo que tantas generaciones vivimos: el sonido tímido de las flautas dulces intentando afinar Campanita del lugar, La Tarara o Noche de Paz. Poco más…

Hasta que la escuela se llenó de vida.

Todo cambió cuando Tatarachín —Juanjo Flores Paredes— cruzó las puertas de nuestro colegio. Con él no llegó una asignatura: llegó un torbellino. Impregnó de ritmo, color y entusiasmo todos y cada uno de los rincones del centro. Nos descubrió que cualquier objeto podía tener alma sonora y transformó su clase en un universo de instrumentos insólitos, carrillones, batucadas vibrantes y lipdubs que contagiaban de alegría a toda la comunidad educativa.

Con esa música cotidiana, viva y participativa, nuestros niños y niñas llegaron a lugares que jamás hubiéramos imaginado: brillaron en festivales organizados por el Ayuntamiento (en certámenes de habaneras, navidad y carnaval), llevaron su ilusión a los platós de televisión en La Banda de Canal Sur, y nos representaron con orgullo docente en encuentros pedagógicos de referencia como EABE y en EUTERPE (Congreso Nacional de Educación Musical). Juanjo demostró que la educación artística no es un relleno en el currículo, sino el latido imprescindible que une y hace comunidad.

Por eso duele tanto comprobar que la mezquindad también tiene memoria. Que al igual que ha habido venganza contra mí, para él también tenían preparada la suya.

Una revancha injusta, orquestada desde el mismo patrón, que él mismo relata y visibiliza con total entereza en su post acompañado de un vídeo que invito a ver: Regreso al pasado (Tatarachín). Ver cómo se castiga el talento, la entrega y la ilusión compartida deja un nudo en la garganta y una profunda tristeza por la deriva de la gestión educativa cuando prima el ajuste de cuentas sobre el valor pedagógico.

Sin embargo, como en la novela de Beatriz, me quedo con una certeza: pueden quitar aulas, romper tutorías o intentar silenciar proyectos construidos con el corazón, pero jamás podrán borrar la huella que la música y el cariño dejan en quienes aprendieron a volar con ellas.

A ti, Juanjo, y a tantos docentes que dais la vida en cada nota y en cada aula: gracias. Porque frente a las sombras, la pequeñez y los silencios impuestos, siempre estaremos salvados por la música.

María Barceló Martínez

2 Comentarios

  • Juan José Flores Paredes

    Leer tus palabras me ha emocionado profundamente y me ha encogido un poco el corazón. Que hayas conectado la memoria histórica de esa novela con lo que vivimos en las aulas, y con el impacto que la música tuvo en nuestro colegio, es de una sensibilidad inmensa.
    Como docentes, ponemos el alma en cada proyecto, en cada ensayo, en cada lipdub o batucada, con la única pretensión de ver a los niños brillar y hacer escuela de verdad. Saber que todo ese esfuerzo caló de esa forma en la comunidad educativa —y en ti— le da un sentido absoluto a cada paso dado, incluso a los más difíciles.
    Las sombras y las injusticias duelen, no te lo voy a negar, pero leerte me recuerda exactamente por qué mereció la pena cada segundo. Gracias por tu valentía, por no callarte, por el cariño y por recordarme que, pase lo que pase, la música y la dignidad siempre nos salvan.

  • Maite Garcia de los Reyes

    Olé, por el relato de gran calidad que nos ofreces, alejado de pretensiones lacrimógenas y que arranca sonrisas.

    Me encanta, ya te lo he comentado en alguna ocasión, leerte y saberte reindivicadora (me costó escribir esta palabreja tan importante) y espero seguir encontrándote por Instagram, por Facebook o por tus estados en WhatsApp.

    Por supuesto que hay presencias que se construyen desde el corazón; por supuesto, dejan huellas imborrables. ¡Vamos, venga!

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

María Barceló Martínez