Salud, dignidad y gratitud
«Nos enseñaron a entregarlo todo en el aula; nadie nos enseñó a protegernos cuando el propio sistema decide mirar hacia otro lado.»
En las últimas semanas he compartido en este rincón una cronología difícil y dolorosa: decisiones de despacho que rompieron sin sentido pedagógico la continuidad con «mi quinto», normativas que prometen amparo y gabinetes de apoyo que se disuelven como estructuras fantasma, y la amarga experiencia de comprobar cómo se vulneran principios básicos de convivencia escolar tras mucho tiempo de servicio.
Sin embargo, detrás de los escritos sin respuesta, de los trámites administrativos y de las quejas tramitadas a hurtadillas, hay una realidad de la que casi nunca se habla en voz alta en los claustros: el coste real que estas situaciones tienen en el cuerpo y en la mente de quien educa.
La autoexigencia y el mito de la resistencia
Durante 36 años y 7 meses de docencia —18 de ellos formando parte activa de la dirección escolar— viví la profesión con una implicación total. Asumí que entregarse consistía en resistir cualquier embate, mediar hasta la extenuación y sostener a los demás, a veces a costa de una misma. Creía que el compromiso docente no tenía horario ni factura.
Pero los límites existen, y el cuerpo no olvida. Tras las dos paradas obligatorias por quirófano y los meses de recuperación que viví en 2023 y 2024, aprendí que la salud no negocia. Y lo vivido este inicio de curso me ha colocado de nuevo frente a una verdad inapelable:
-
- La ansiedad no es flaqueza ni una elección: Cuando te rompen una fractura en el quirófano hay una radiografía visible, un tiempo pautado de escayola y una fecha de alta. Pero la salud emocional y mental, ¿cómo se mide? ¿Cómo se cura? ¿Quién dice hasta cuándo? Sentir que el aire te falta y que la angustia te paraliza no es algo que una decida libremente. Pasar por la puerta del cole y no tener fuerza para ir a visitar a tus «niñ@s», tener miedo, darle mil vueltas a la cabeza intentando …. ¡no sé!.
- La ansiedad provocada por la hostilidad, la indefensión y el menoscabo laboral es, le pese a quien le pese en los despachos, una auténtica enfermedad profesional nacida directamente del daño infligido en el puesto de trabajo. Nadie elige pasar por el trance de una baja médica por ansiedad, y menos aún a las puertas de jubilarse. No es un descanso, no es comodidad y jamás ha sido una opción voluntaria: es la consecuencia directa de una situación de desprotección e injusticia que termina por afectar a la salud.
-
- La baja médica como límite de supervivencia: Apartarme del aula en mi último curso de docencia es una de las decisiones más dolorosas que he tenido que asumir. Estar de baja no es rendirse ni desentenderse de la vocación; es la única trinchera que el médico y el sentido común te marcan cuando continuar supondría romperte del todo.
-
- Poner la línea roja: Cuidar la educación pública empieza por no normalizar el desgaste impune de sus profesionales. Si no aprendemos a parar cuando la salud mental se resiente, el sistema termina devorando a quienes lo sostienen a diario.
Gracias por ser red: la respuesta que sana
Si algo me ha enseñado este trago amargo, es que frente a la frialdad de los trámites y la sordera de ciertos despachos, la escuela real sigue viva en su gente.
Quiero cerrar este post desde la gratitud más profunda y emocionada.
Gracias de corazón a cada una de las familias que os habéis movilizado, que habéis registrado escritos y que seguís haciéndome llegar palabras que conmueven y dignifican. Gracias a los compañeros y compañeras de profesión que, conociendo mi trayectoria o habiendo vivido situaciones similares, me habéis escrito, llamado… recordándome que la verdad no necesita levantar la voz para ser cierta. Y gracias a tantos antiguos alumnos y amigos que habéis convertido la sección de comentarios y mis redes sociales en un auténtico abrazo colectivo.
Las decisiones arbitrarias podrán arrebatarme mi «último primer día», pero jamás podrán borrar la huella ni el cariño que hemos construido juntos a lo largo de tantos años. Vuestro respaldo es el mejor bálsamo en días grises y la certeza absoluta de que el esfuerzo valió la pena.
Hoy no me queda más remedio que escuchar al cuerpo, cuidarme y esperar a que el tiempo y la calma hagan su trabajo.
Nos seguimos leyendo por aquí.
María Barceló Martínez
